Deus Trinitas Est

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LA SANTÍSIMA TRINIDAD


LIBRO I
En que se prueba, al tenor de las Escrituras sagradas, la unidad e igualdad de la Trinidad soberana y se resuelven ciertas dificultades contra la igualdad del Hijo.

 

CAPÍTULO I

 

Escribe contra aquéllos que, abusando de la razón, calumnian la doctrina de la Trinidad. El error de los que polemizan acerca de Dios proviene de una triple causa. La Escritura divina, dejadas a un lado las interpelaciones falsas nos eleva gradualmente a las cosas de Dios. Inmortalidad verdadera. Por la fe somos nutridos y nos hacemos hábiles para entender lo divino.

1. Ante todo, conviene advertir al futuro lector de este mi tratado sobre la Trinidad que mi pluma está vigilante contra las calumnias de aquellos que, despreciando el principio de la fe, se dejan engañar por un prematuro y perverso amor a la razón. Ensayan unos aplicar a las substancias incorpóreas y espirituales las nociones de las cosas materiales adquiridas mediante la experiencia de los sentidos corpóreos, o bien con la ayuda de la penetración natural del humano ingenio, de la vivacidad del espíritu, o con el auxilio de una disciplina cualquiera, y pretenden sopesar y medir aquéllas por éstas.

Hay quienes razonan de Dios —si esto es razonar— al tenor de la naturaleza del alma humana o afectos, y este error los arrastra, cuando de Dios discurren, a sentar atormentados e ilusorios principios. Existe además una tercera raza de hombres que se esfuerzan, es cierto, por elevarse sobre todas las criaturas mudables con la intención de fijar su pupila en la inconmutable substancia, que es Dios; pero, sobrecargados con el fardo de su mortalidad, aparentan conocer lo que ignoran, y no son capaces de conocer lo que anhelan. Afirmando con audacia presuntuosa sus opiniones, pues se cierran caminos a la inteligencia y prefieren no corregir su doctrina perversa antes que mudar de sentencia.

Y éste es el virus de los tres mencionados errores; es decir, de los que razonan de Dios según la carne, de los que sienten según la criatura espiritual, como lo es el alma, y de los que, equidistantes de lo corpóreo y espiritual, sostienen opiniones sobre la divinidad tanto más absurdas y distanciadas de la verdad cuanto su sentir no se apoya en los sentidos corporales, ni en el espíritu creado, ni en el Creador. El que opina que Dios es blanco o sonrosado se equivoca: con todo, estos accidentes se encuentran en el cuerpo. Nuevamente, quien opina que Dios ahora se recuerda y luego se olvida, u otras cosas a este tenor, yerra sin duda, pero estas cosas se encuentran en el ánimo. Mas quien juzga que Dios es una fuerza dinámica capaz de engendrarse a sí mismo, llega al vértice del error, pues no sólo no es así Dios, pero ni criatura alguna espiritual o corpórea puede engendrar su misma existencia.

 

2. Con el fin, pues, de purificar el alma humana de estas falsedades, la Sagrada Escritura, adaptándose a nuestra parvedad, no esquivó palabra alguna humana con el intento de elevar, en gradación suave, nuestro entendimiento bien cultivado a las alturas sublimes de los misterios divinos. Así, al hablar de Dios, usa expresiones tomadas del mundo corpóreo y dice: Encúbreme a la sombra de tus alas1. Y aun le place usurpar del mundo inmaterial locuciones innúmeras, no para significar lo que Dios es en sí, sino porque así era conveniente expresarse. Por ejemplo: Yo soy un Dios celoso2. Me arrepiento de haber creado al hombre3. Por el contrario, de las cosas inexistentes se abstiene en general la Escritura de emplear expresiones que cuajen enigmas o iluminen sentencias. Por eso se disipan en vanas y perniciosas sutilezas aquellos que, enmarcados en el tercer error, se distancian de la verdad fingiendo en Dios lo que ni en Él ni en ser alguno creado es dable encontrar.
Con símiles tomados de la creación suele la Escritura divina formar como pasatiempos infantiles con la intención de excitar por sus pasos en los débiles un amor encendido hacia las realidades superiores, abandonando las rastreras. Lo que es propio de Dios, que no se encuentra en ninguna criatura, rara vez lo menciona la Escritura divina, como aquello que fue dicho a Moisés: Yo soy el que soy; y: El que es me envía a vosotros4. Ser se dice en cierto modo del cuerpo y del espíritu, mas la Escritura no diría esto si no quisiera darle un sentido especial. Dice también el Apóstol: El único que posee la inmortalidad5. Siendo el alma, en cierta medida, inmortal, no diría el Apóstol: El único que la posee, si no se tratase de la verdadera inmortalidad inconmutable, que ninguna criatura puede poseer, pues es exclusiva del Creador. Esto dice Santiago: Toda dádiva optima y todo don perfecto viene de arriba, desciende del Padre de les laces, en el cual no se da mudanza ni sombra de variación6. Y David en el Salmo: Los mudarás y serán mudados; pero tú eres siempre el mismo7.

 

3. De aquí la dificultad de intuir y conocer plenamente la substancia inconmutable de Dios, creadora de las cosas transitorias, y, sin mutación alguna temporal en sí crea las cosas temporales. Para poder contemplar inefablemente lo inefable es menester purificar nuestra mente. No dotados aún con la visión somos nutridos por la fe y conducidos a través de caminos practicables, a fin de hacernos aptos e idóneos de su posesión. Afirma el Apóstol estar en Cristo escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia8; sin embargo, al hablar a los ya regenerados por su gracia, pero, como carnales y animales, aun parvulillos en Cristo, nos lo recuerda, no en su potencia divina, en la que es igual al Padre, sino en su flaqueza humana, que le llevó a sufrir muerte de cruz. Nunca, dice, me precié entre vosotros de saber alguna cosa, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Ya renglón seguido les dice: Me presenté a vosotros en flaqueza y mucho temor y temblor9. Y un poco después les dice: Y yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como u carnales. Como a infantes en Cristo, os di leche a beber y no comida, porque no la admitíais aún, ni ahora la podéis sufrir10.

Hay quienes se irritan ante este lenguaje, juzgándolo injurioso, y prefieren creer que quien así habla nada tiene que decir, antes que confesar su desconocimiento ante lo que oyen. Y a veces les damos, no las razones que ellos piden y exigen cuando hablamos de Dios —quizás no las entendieran, ni nosotros sabríamos explicarnos bien—, sino las que sirven para demostrarles cuán negados e incapaces son para entender lo que exigen.
Mas como no escuchan lo que quieren, juzgan, o que obramos así para ocultar nuestra insipiencia, o que maliciosamente emulamos su saber, y así, indignados y coléricos, se aleja

 

CAPÍTULO II
Plan de la obra

4. Por lo cual, con la ayuda del Señor, nuestro Dios, intentaré contestar, según mis posibles, a la cuestión que mis adversarios piden, a saber, que la Trinidad es un solo, único y verdadero Dios, y cuán rectamente se dice, cree y entiende que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son de una misma esencia o substancia; de suerte que, no burlados con nuestras excusas, sino convencidos por experiencia, se persuadan de la existencia del Bien Sumo, visible a las almas puras, y de su incomprensibilidad inefable, porque la débil penetración de la humana inteligencia no puede fijar su mirada en el resplandor centelleante de la luz si no es robustecida por la justicia de la fe.

Primero es necesario probar, fundados en la autoridad de las Santas Escrituras, si es ésta nuestra fe. Luego, si Dios quiere y nos socorre, abordare mi respuesta a estos gárrulos disputadores, más hinchados que capaces, enfermos de gran peligro, ayudándoles quizá a encontrar una verdad de la cual no puedan dudar, y obligándolos, en lo que pudieren encontrar, a poner en cuarentena la penetración y agudeza de su inteligencia antes que dudar de la verdad y rectitud de nuestras disquisiciones. Y si hay en ellos una centella de amor o temor de Dios, vuelvan al orden y principio de la fe, experimentando en sí la influencia saludable de la medicina de los fieles existente en la santa Iglesia, para que la piedad bien cultivada sane la flaqueza de su inteligencia y pueda percibir la verdad inconmutable, y así su audacia temeraria no les precipite en opiniones de una engañosa falsedad. Y no me pesará indagar cuando dudo, ni me avergonzaré de aprender cuando yerro.

 

CAPÍTULO III
Disposiciones que en el lector exige Agustín

 

5. En consecuencia, quien esto lea, si tiene certeza, avance en mi compañía; indague conmigo, sin duda; pase a mi campo cuando reconozca su error, y enderece mis pasos cuando me extravíe. Así marcharemos, con paso igual, por las sendas de la caridad en busca de aquel de quien está escrito: Buscad siempre su rostro11. Esta es la piadosa y segura regla que brindo, en presencia del Señor, nuestro Dios, a quienes lean mis escritos, especialmente este tratado, donde se defiende la unidad de la Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, pues no existe materia donde con mayor peligro se desbarre, ni se investigue con más fatiga, o se encuentre con mayor fruto.

Aquel que, al correr de la lectura, exclama: "Esto no está bien dicho, porque no lo comprendo", critica mi palabra, no mi fe. La frase quizá pudiera ser más diáfana: sin embargo, ningún hombre ha podido expresarse de manera que todos le entiendan en todo. El que no esté conforme con mi expresión o no la entienda, vea si es capaz de comprender a otros autores más versados en estas lides, y si es así, cierre mi libro, y, si le parece, arrincónelo y dedique sus afanes y su tiempo a los que entiende.
Sin embargo, no crea que deba yo guardar silencio porque no me expreso con la precisión y nitidez de los autores que él entiende. No todos los libros que se escriben circulan en manos de todos; y es posible que algunos no tengan a su alcance los escritos que se juzgan más asequibles y topen con estos nuestros y sean capaces de entenderlos.
Por eso es útil que ciertas cuestiones sean tratadas por diversos autores de idénticas creencias, con diferente estilo, para que así la misma verdad llegue a conocimiento de muchos, a unos por este conducto, a otros por aquél. Mas, si alguien se lamenta de no entender mi lenguaje porque nunca fue capaz de comprender tales cosas, aunque estén expuestas con agudeza y diligencia, trate consigo de adelantar en los deseos y estudios, pero no pretenda hacerme enmudecer con sus lamentos y ultrajes.

El que, al recorrer estas líneas, diga que entiende lo que se dice, pero no lo juzga verdadero, pruebe, si le place, su sentencia e impugne, si puede, la mía. Si lo hace impulsado por la caridad y por la verdad y se digna —si aún vivo— hacérmelo saber, opimos frutos me producirá este mi afán; si no le fuera posible hacérmelo presente, siempre le estaré agradecido y obligado en nombre de aquellos a quienes selo hiciese notar. Por mi parte, continuaré meditando, si no día y noche12, sí, empero, en los fugaces momentos en que me es posible, y para no olvidar mis soliloquios los confío a mi pluma, esperando, por la misericordia divina, poder perseverar en estas verdades que se complace en revelarme; y si estoy en el error, Él me lo dará a conocer13, ya por medio de sus secretas amonestaciones e inspiraciones, ya por medio de su palabra revelada, ya por medio de mis coloquios con los hermanos. Esto es lo que pido, y este mi deseo lo deposito cabe Él, pues es poderoso para custodiar lo que me dio y cumplir lo que prometió.

 

6. Creo, en verdad, que algunos, más tardos de ingenio, en ciertos pasajes de mis libros opinarán que yo dije lo que no he dicho o que no dije lo que dije. ¿Quién ignora que su error no se me ha de imputar si al seguir mis pasos, mientras me veo obligado a caminar por obscura e impracticable vía, no me comprenden y se desvían hasta dar en el error, si nadie puede con razón atribuir a las autoridades sagradas de los libros divinos los múltiples y variados errores de los herejes, cuando todos acuden a las Escrituras para defender sus falaces y erróneas opiniones?
La ley de Cristo, con suavísimo imperio, es decir, la caridad, me amonesta abiertamente y manda preferir ser reprendido por el que fustiga el error a la lisonja del que lo alaba, cuando los hombres crean que he defendido en mis libros algún error que yo no defiendo, y a unos place y a otros desagrada. Aunque injustamente, pues no es opinión, con justo enojo es vituperado el error por el primero; mientras, por el contrario, no soy con razón alabado por el que juzga que defiendo lo que la verdad condena, ni es con rectitud loada una doctrina que la verdad vitupera.
En el nombre del Señor doy, pues, principio a mi obra.

 

CAPÍTULO IV
Doctrina católica sobre la Trinidad

 

7. Cuantos intérpretes católicos de los libros divinos del Antiguo y Nuevo Testamento he podido leer, anteriores a mí en la especulación sobre la Trinidad, que es Dios, enseñan, al tenor de las Escrituras, que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, de una misma e idéntica substancia, insinúan, en inseparable igualdad, la unicidad divina, y, en consecuencia, no son tres dioses, sino un solo Dios. Y aunque el Padre engendró un Hijo, el Hijo no es el Padre; y aunque el Hijo es engendrado por el Padre, el Padre no es el Hijo; y el Espíritu Santo no es ni el Padre ni el Hijo, sino el Espíritu del Padre y del Hijo, al Padre y al Hijo coigual y perteneciente a la unidad trina.

Sin embargo, la Trinidad no nació de María Virgen, ni fue crucificada y sepultada bajo Poncio Pilato, ni resucitó al tercer día, ni subió a los cielos, sino el Hijo solo: ni descendió la Trinidad en figura de paloma sobre Jesús el día de su bautismo14; ni en la solemnidad de Pentecostés, después de la ascensión del Señor, entre viento huracanado y fragores del cielo, vino a posarse, en forma de lenguas de fuego, sobre los apóstoles, sino sólo el Espíritu Santo15. Finalmente, no dijo la Trinidad desde el cielo: Tú eres mi Hijo16, cuando Jesús fue bautizado por Juan, o enel monte cuando estaba en compañía de sus tres discípulos17, ni al resonar aquella voz: Le he glorificado y lo volveré a glorificar18, sino que era únicamente la voz del Padre, que hablaba a su Hijo, si bien el Padre, el Hijo y ni Espíritu Santo sean inseparables en su esencia y en sus operaciones. Y ésta es mi fe, pues es la fe católica.

 

CAPÍTULO V
Dificultades acerca de la Trinidad. Cómo las tres personas son un solo Dios y, obrando inseparablemente, ejecutan ciertas cosas sin mutuo concurso

 

8. Pero algunos se turban cuando oyen decir que el Padre es Dios, que el Hijo es Dios y que el Espíritu Santo es Dios, y, sin embargo, no hay tres dioses en la Trinidad, sino un solo Dios; y tratan de entender cómo puede ser esto; especialmente cuando se dice que la Trinidad actúa inseparablemente en todas las operaciones de Dios; con todo, no fue la voz del Hijo, sino la voz del Padre, la que resonó; solo el Hijo se apareció en carne mortal, padeció, resucitó y subió al cielo; y sólo el Espíritu Santo vino en figura de paloma. Y quieren entender como aquella voz del Padre es obra de la Trinidad, y cómo aquella carne en la que sólo el Hijo nació de una Virgen es obra de la misma Trinidad, y cómo pudo la Trinidad actuar en la figura de paloma, pues únicamente en ella se apareció el Espíritu Santo.

Pues de no ser así, la Trinidad no obraría inseparablemente, y entonces el Padre sería autor de unas cosas, el Hijo de otras y el Espíritu Santo de otras; o, si ciertas operaciones son comunes y algunas privativas de una persona determinada, ya no es inseparable la Trinidad.

Les preocupa también saber cómo el Espíritu Santo pertenece a dicha Trinidad no siendo engendrado por el Padre, ni por el Hijo, ni por ambos a una, aunque el Espíritu del Padre y del Hijo. Estas son, pues, las cuestiones que hasta asediarnos nos proponen; y si Dios se complace en ayudar nuestra pequeñez, ensayaremos responderles, evitando caminar con aquel que de envidia se consume19.
Si afirmo que no suelen venirme al pensamiento tales problemas, mentiría; y si confieso que estas cosas tienen holgada mansión en mi entendimiento, pues me inflamo en el amor de la verdad a indagar, me asedian, con el derecho de la caridad, para que les indique las soluciones encontradas. No es que haya alcanzado la meta, o sea ya perfecto (si el apóstol San Pablo no se atrevió a decirlo de si, ¿cómo osaré yo pregonarlo, estando tan distanciado de él y bajo sus pies?); mas olvido lo que atrás queda y me lanzo, según mi capacidad, a la conquista de lo que tengo delante y corro, con la intención, hacia la recompensa de la vocación suprema20. Dónde me encuentro en este caminar, adónde he llegado y cuánto me falta para alcanzar el fin; es lo que desean saber de mí aquellos de quienes la caridad libre me hace humilde servidor.

Es menester, y Dios me lo otorgará, que yo mismo aprenda enseñando a mis lectores, y al desear responder a otros, yo mismo encontraré lo que buscando voy. Tomo sobre mí este trabajo por mandato y con el auxilio del Señor, nuestro Dios, no con el afán de discutir autoritariamente, sino con al anhelo de conocer lo que ignoro discurriendo con piedad.

 

CAPÍTULO VI
El Hijo es consustancial al Padre. No sólamente el Padre, sino también la Trinidad es inmortal. Todas las cosas han sido hechas por el Padre y el Hijo. El Espíritu Santo es Dios verdadero, igual al Padre y al Hijo

 

9. Los que dijeron que nuestro Señor Jesucristo no era Dios, o que no era Dios verdadero, o que no era un Dios con el Padre, o que por ser mudable no era inmortal, pueden ser convencidos por el testimonio acordado y unánime de los libros divinos, de donde están tomadas estas palabras: En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. Es manifiesto que nosotros reconocemos en el Verbo de Dios al Hijo único de Dios, del cual dice luego: Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, a causa del nacimiento de su encarnación, acaecido, en el tiempo, de una Virgen.

En este pasaje declara San Juan no sólo que Cristo es Dios, sino que es consubstancial al Padre, pues habiendo dicho que el Verbo era Dios, continúa: En el principio estaba en Dios. Todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él nada ha sido hecho21. En el omnia se incluyen todas las criaturas. Luego consta con evidencia que no ha sido hecho aquel por quien fueron hechas todas las cosas. Y si no ha sido hecho, no es criatura; y si no es criatura, es una misma substancia con el Padre. Toda substancia que no es Dios, es criatura; y la substancia que no es criatura, es Dios. Si el Hijo no es una misma substancia con el Padre, es criatura; y si es criatura, ya no han sido hechas por Él todas las cosas. Pero está escrito: Todo ha sido hecho por Él; luego es una misma substancia con el Padre, y, por consiguiente, no sólo es Dios, sino también Dios verdadero.
El mismo San Juan dice con gran claridad en su Carta: Sabemos que el Hijo de Dios vino y nos dio inteligencia para que conozcamos al Dios verdadero y estemos en su verdadero Hijo, Jesucristo. Este es el verdadero Dios la vida eterna22.

 

10. En consecuencia, se comprende muy bien cómo Pablo, el Apóstol, al decir el único que posee la inmortalidad, habla no sólo del Padre, sino del único Dios, que es la Trinidad misma. Jamás la vida eterna puede ser mortal por mutabilidad, y por esta razón en las palabras el único inmortal se incluye juntamente con el Padre al Hijo, porque es la vida eterna. Nosotros mismos somos particioneros de la vida eterna, y, según nuestra capacidad, nos hemos inmortales. Mas una cosa es la vida eterna participada y otra nuestra naturaleza, capaz de vivir eternamente gracias a esta participación. Y si el Apóstol hubiera dicho que el Padre era el único feliz y poderoso, señor del tiempo, rey de reyes y emperador de los que dominan, el único inmortal, ni aun en este caso quedaría el Hijo excluido de la inmortalidad.

Tampoco el Hijo se separa del Padre cuando en otra parte dice al hablar por boca de la Sabiduría (Él es Sabiduría de Dios)23: Sola recorrí el círculo de los cielos24; con cuánta mayor razón se entenderá del Padre y del Hijo la sentencia el único que posee la inmortalidad, pues añade: Para que observes el precepto sin mancha ni culpa hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo, quien hará aparecer a su tiempo al bienaventurado y solo dichoso, el único que posee la inmortalidad, que habita en luz inaccesible, a quien nadie entre los mortales vio ni puede ver; al cual el honor y la gloria por los siglos de los siglos. Amén25.
En este pasaje no se nombra propiamente al Padre, m al Hijo, ni al Espíritu Santo, sino al feliz y solo poderoso, Rey de reyes y Señor de señores, único Dios verdadero, la misma Trinidad.

 

11. A no ser que las palabras siguientes: A quien ningún hombre vio, ni puede ver, tuerzan la interpretación dada, pues pudiera entenderse esto de la divinidad de Cristo, invisible a los ojos de los judíos, que vieron su carne y lo crucificaron. La pupila humana no puede ver en modo alguno la divinidad, y los que la contemplan no son hombres, sino superhombres. Luego con pleno derecho se han de entender del Dios Trinidad las palabras bienaventurado y solo poderoso, que manifiesta en el tiempo oportuno la venida de nuestro Señor Jesucristo. La expresión: El único que posee la inmortalidad, ofrece el mismo sentido que aquella otra: El único que obra prodigios26.
Desearía saber cómo la interpretan mis adversarios, pues si sólo al Padre la aplican. ¿Cómo será cierta la afirmación del Hijo cuando dice: Todo lo que el Padre hace lo hace igualmente el Hijo? ¿Hay, por ventura, algo más prodigioso entre les prodigios que resucitar y vivificar los cadáveres? Pues el mismo Hijo dice: Como el Padre resucita a los muertos y los vivifica, así el Hijo vivifica a los que quiere27. ¿Cómo obrará el Padre solo milagros, si estas palabras no permiten entenderlas del Padre solo, o del Hijo solo, sino del único y verdadero Dios, esto es, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo?

 

12. Además, cuando dice el mismo Apóstol: Para nosotros sólo hay un Dios, el Padre, de quien todo procede, y nosotros en Él; y un Señor Jesucristo, por quien son todas las cosas y nosotros por Él28, ¿quién duda que habla de todas las cosas creadas, como lo entiende San Juan cuando escribe: Todo fue hecho por Él? Pregunto, además, de quien se habla en este pasaje: Porque de Él, y por Él, y para Él son todas las cosas, a Él la gloria por los siglos de los siglos. Amén. Sise refiere al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, es decir, de Él al Padre; por Él. al Hijo, y en Él, al Espíritu Santo, entonces es evidente que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo Dios, pues añade en singular: A Él la gloria por los siglos de los siglos. Donde tomé esta sentencia, no dice: ¡Oh profundidad de la riqueza, sabiduría y ciencia del Padre, o del Hilo, o del Espíritu Santo, sino sencillamente de la sabiduría y ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios y cuán inescrutables sus caminos! ¿Quién conoció el pensamiento del Señor? O ¿quién fue su consejero? O ¿quién le dio primero para tener derecho a la retribución? Porque de Él, por Él y en Él son todas las cosas. A Él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Si les place interpretar únicamente del Padre estas palabras, ¿cómo pueden ser hechas todas las cosas por Él, como aquí se dice, y ser todas hechas por el Hijo, como lo afirma el Apóstol, escribiendo a los de Corinto cuando dice: Y un Señor, Jesucristo, por quien son todas los cosas; o como dice San Juan en su Evangelio: Todo ha sido hecho por É1? Si unas cosas fueron hechas por el Padre y otras por el Hijo, ya no fueron todas las cosas hechas por el Padre, ni todas por el Hijo. Luego si todas las cosas fueron hechas por el Padre y todas por el Hijo, las mismas cosas que fueron hechas por el Padre lo fueron también por el Hijo, y, en consecuencia, el Hijo es igual al Padre, y sus operaciones son indivisas. En efecto, si el Padre hizo al Hijo, esta creación no pertenece al Hijo, y. por consiguiente, ya no fueron hechas todas las cosas por el Hijo; mas la verdad es que todas las cosas fueron hechas por el Hijo; luego el Hijo no ha sido creado y juntamente con el Padre ha hecho todas las cosas que han sido hechas. A decir verdad, no silencia el Apóstol esta palabra, pues dice abiertamente: Quien, siendo Dios en la forma, no reputó rapiña ser igual a Dios30. Dios en este pasaje es propiamente el Padre, como en este otro lugar: La cabeza de Cristo es Dios31.

 

13. Sobre el Espíritu Santo se han reunido asimismo abundantes testimonios, utilizados por los que antes que yo han escrito acerca de estas materias, en los que se prueba que el Espíritu Santo es Dios y no criatura. Y si no es criatura, es no sólo Dios (pues los hombres son también llamados dioses)32, sino Dios verdadero. Por consiguiente, igual en todo al Padre y al Hijo, consubstancial y coeterno en la unidad de la Trinidad.
Que el Espíritu Santo no es criatura, lo demuestran sobre todo aquellas palabras de la Escritura donde se nos manda servir al Criador33 y no a la criatura, y no a la manera como se nos manda ayudarnos mutuamente34, con caridad, en griego douleuein, sino como se nos preceptúa adorar a Dios, con culto de latría, latreuein en griego. Por eso a los adoradores de falsos númenes se les llama idólatras. Y, según esta servidumbre, se dije: Al Señor, tu Dios, adorarás y a Él solo servirás35. El texto griego es más explícito, pues usa la palabra latreúseis.
Si se nos prohíbe servir a la criatura con esta esclavitud, pues está escrito: Al Señor, tu Dios, adorarás y a Él solo servirás, y el Apóstol detesta a los que adoran y sirven a la criatura antes que al Criador, no es criatura el Espíritu Santo, pues, en expresión del mismo Apóstol, todos los santos le sirven y adoran. Porque la circuncisión, dice, somos nosotros, los que servimos al Espíritu de Dios36; en griego latreúontes. Muchos códices latinos leen: Los que servimos al Espíritu de Dios; y los griegos, todos o casi todos. En algunos ejemplares latinos se encuentra esta variante: Los que servimos en el espíritu de Dios, en vez de: Los que servimos al Espíritu de Dios.

Pero los que yerran en esto y rehúsan doblegarse ante el peso de la autoridad, ¿por ventura encontrarán la más ligera variante en los códices del texto siguiente: Ignoráis que vuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo, que habita en vosotros y habéis recibido de Dios? ¿No será una insigne necedad y un gran sacrilegio afirmar que los miembros de Cristo son —en su sentir— templo de una criatura inferior a Cristo? En otro lugar dice el Apóstol: Vuestros cuerpos son miembros de Cristo. Si, pues, los miembros de Cristo son templo del Espíritu Santo, no es criatura el Espíritu Santo; porque desde el momento en que nuestros cuerpos se transforman en morada del Espíritu Santo, es menester que le rindamos el homenaje debido a Dios, y que en griego se llama latreía, latría. De ahí que, consecuente, dice: Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo37.

 

CAPÍTULO VII
El Hijo es inferior al Padre e inferior a sí mismo

 

14. Con estos y otros testimonios parecidos de las Escrituras divinas, nuestros antecesores, usando de ellos con mano larga, rebatieron, según queda dicho, los errores y calumnias de los herejes, robusteciendo nuestra fe en la unidad e igualdad de un Dios Trinidad.
Pero como muchos pasajes de los libros santos, a causa de la encarnación del Verbo de Dios, llevada a cabo para nuestra redención por Jesucristo, mediador de Dios y de los hombres38, insinúan y abiertamente demuestran la superioridad del Padre sobre el Hijo, erraron los mortales, y, sin investigar con diligencia la serie completa de las Escrituras, atribuyeron a la naturaleza que era y es eterna antes de la encarnación lo que se dice de Cristo en cuanto hombre.

Los que dicen que el Hijo es inferior al Padre apoyan su sentencia en las palabras del Señor cuando dice: El Padre es mayor que yo39. Mas la verdad demuestra que en este sentido el Hijo es también inferior a sí mismo. Y ¿cómo no ha de ser inferior a sí mismo, si se anonadó tomando forma de esclavo? No obstante, al vestir la forma de esclavo no perdió la forma de Dios, en la que es igual al Padre. Si, pues, tomó la forma de siervo sin perder su forma divina —en su forma de siervo y en su forma de Dios es siempre el Hijo unigénito del Padre—, en su forma divina igual al Padre, y en su forma de siervo, mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, ¿quién no ve que en su forma de Dios es superior a sí mismo y en su forma de esclavo a sí mismo inferior?
Con plena razón, la Escritura afirma ambas cosas: que el Hijo es igual al Padre y que el Padre es mayor que el Hijo. No existe aquí confusionismo alguno: es igual al Padre por su naturaleza divina, inferior a causa de su naturaleza de esclavo.

Y esta regla, apta para resolver cuantas dificultades ocurran en la Escritura, está tomada de un capítulo de la Carta de San Pablo Apóstol a los fieles de Filipo, pues en Él expresamente se encuentra dicha distinción. Dice: Quien, siendo Dios en la forma, no tuvo por usurpación ser igual a Dios, sin embargo se anonado a sí mismo, tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres y en vestidura de hombre40. El Hijo de Dios es igual por naturaleza al Dios Padre, inferior por condición. En la forma de esclavo es inferior al Padre; en su forma divina, en la que existía antes de vestir nuestra forma, es igual al Padre. En la forma de Dios es el Verbo, por quien fueron hechas todas las cosas41; en su forma de siervo es nacido de mujer bajo el imperio de la Ley, para redención de los que estábamos bajo la Ley42. En su forma de Dios creó al hombre; en la de esclavo se hizo hombre. Y si el Padre hubiera creado al hombre sin el concurso del Hijo, no estaría escrito: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza43. En consecuencia, la forma de Dios vistió la forma de siervo; y el conjunto fue un Dios—Hombre: Dios, por ser Dios el que asumió; hombre, por ser humana la forma recibida. En esta asunción no hay mudanza ni conversión mutua de naturalezas: la divinidad no se convierte en criatura, dejando de ser divinidad; ni la criatura se convirtió en divinidad, dejando de ser criatura.

 

CAPÍTULO VIII
Exégesis de varios pasajes de la escritura referentes a la inferioridad del Hijo. La contemplación prometida, fin de todas nuestras acciones. El espíritu Santo, al igual del Padre, basta para nuestra bienaventuranza

 

15. Cuando le fueren sometidas todas las cosas, entonces el mismo Hijo se sujetará a quien a Él todo se lo sometió. Estas palabras del apóstol San Pablo o fueron escritas para que nadie imagine la vestidura de Cristo, obsequio de la criatura humana, convertida en divinidad, y, mejor expresado, en deidad, que no en criatura, sino unidad incorpórea e inmutable de la Trinidad, substancia coeterna y consubstancial a sí misma; o si alguien pretende —es sentencia de algunos— que las palabras: El Hijo estará sometido a quien a Él todo lo sujetó, significan la conversión de la criatura en la substancia o esencia del Criador, es decir, como si la substancia creada se convirtiera en la substancia del Criador, ha de conceder entonces que esto no se había aún verificado cuando dijo el Señor: El Padre es mayor que yo; porque afirmó esto no solo antes de subir a los cielos, sino incluso antes de ¡padecer y resucitar de entre los muertos.
Los que opinan que la naturaleza humana en Cristo se convierte y muda en substancia de la deidad, y a causa de esto está escrito: Entonces el Hijo estará sujeto a quien a Él todo lo sometió, como sidijera que el Hijo del hombre y la humana substancia, vestidura del Verbo de Dios, se convertirán en la substancia de aquel que todo lo sometió al Hijo, juzgan que sucederá esto cuando, después del juicio final, haya consignado el reino a Dios Padre.

Y por eso también, según dicha opinión, el Padre es mayor que la forma de siervo recibida de una Virgen. Y si afirman que el hombre Cristo Jesús se convirtió en substancia de Dios, es imposible negar subsistencia a la naturaleza humana antes de su pasión, pues dijo: El Padre es mayor que yo. No hay duda que en el citado pasaje el Padre es mayor que el Hijo en su forma de siervo e igual en su forma divina.
Al oír decir al Apóstol: Cuando dijere que todas las cosas le están sometidas, claro es que exceptúa a aquel que se las sometió44, nadie piense que se ha de interpretar como si el Padre sometiese todas las cosas al Hijo, de suerte que el Hijo no lo haya sometido todo a su mismo poder. Explica San Pablo su pensamiento a los de Filipo cuando escribe: Nuestra morada está en tos cielos, de donde esperamos al Salvador y Señor Jesucristo, que transformara, el cuerpo de nuestra vileza, conforme a su cuerpo glorioso, en virtud del poder que tiene para someter a si todas las cosas45. Luego la operación del Padre y del Hijo es inseparable. De otra manera no sería el Padre el que sometía todas las cosas, sino que sería el Hijo el que se las somete al consignarle un reino libre de todo principado, de todo poder y de todo dominio.
Al Hijo se refieren, en efecto, estas palabras: Después entregará a Dios Padre el reino, cuando haya reducido a la nada a todo principado, a toda potestad, a todo poder. El que somete es el mismo que aniquila.

 

16. No hemos de creer que Cristo se priva del reino al consignarlo al Padre. Esto creyeron algunos charlatanes. Cuando se dice: Entregará el reino a Dios Padre, no se excluye a sí mismo, pues es un Dios con el Padre. Lo que engaña a los lectores superficiales amantes de las disputas en la Escritura es la palabra hasta. Sigue el texto: Es preciso que Él reine hasta poner a todos sus enemigos bajo sus pies46, corno si una vez puestos bajo sus plantas dejase de reinar. No entienden pueda tener el mismo sentido que aquel versillo del Salmo: Constante será su corazón, no temerá hasta que vea la suerte de sus enemigos47. No se sigue de aquí que al ver postrados a sus enemigos tiemble.

¿Qué significa, pues: Cuando entregue el reino a Dios Padre? ¿Por ventura Dios Padre no reina ahora? Mas porque Jesucristo hombre, mediador entre Dios y los hombres, ha de conducir a todos los justos, en los cuales reina ahora por fe, a la contemplación denominada por el Apóstol facial48, se dice: Cuando entregue el reino a Dios, que es decir: cuando conduzca a los creyentes a la contemplación de Dios Padre. Dice: Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel e quien el Hijo quiera revelárselo49. El Padre será revelado por el Hijo cuando destruya todo principado, toda dominación y todo poder; es decir, cuando sean innecesarias las semejanzas distribuidas per angélicos principados, potestades y virtudes. Entonces se les podrá aplicar con razón las palabras del esposo a la esposa en el Cantar de los Cantares: Te haremos zarcillos de oro con engarces de plata mientras reposa el rey en su lecho50; esto es, mientras permanece Cristo en su secreto, pues vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, vuestra vida, entonces también os manifestaréis con Él en la gloria51. Antes que esto se realice, vemos en un espejo y obscuramente, es decir, por semejanzas; pero entonces veremos cara a cara52.

 

17. Esta contemplación se nos promete como término de nuestros trabajos y plenitud eterna de nuestro gozo. Somos hijos de Dios, aunque aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; sabemos que, cuando aparezca, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es53. Contemplaremos, cuando vivamos en la eternidad, a aquel que dijo a su servidor Moisés: Yo soy el que soy; esto dirás a los hijos de Israel: El que es me envía a vosotros54. Y así dice Cristo: Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo55. Tendrá esto su cumplimiento cuando venga el Señor e ilumine los escondrijos de las tinieblas56, una vez desvanecidos los cendales de esta mortalidad y corrupción. Entonces acaecerá nuestro amanecer, en expresión del salmista: A la alborada me presento a ti y te contemplaré57. De esta contemplación ha de entenderse aquella sentencia: Cuando entregare el reino a Dios Padre; es decir, cuando nuestro Señor Jesucristo, mediador entre Dios y los hombres, conduzca a los justos, en los que reina ahora por fe, a la contemplación de Dios Padre.

Si en esto ando errado, corríjame el que vaya más acertado: yo no veo otra solución. Cuando lleguemos a dicha contemplación, no anhelaremos otra cosa. Ahora, privados de esa vista, vivimos del gozo esperanzado. La esperanza que se ve, ya no es esperanza. ¿Cómo esperar lo que uno ve? Pero si esperamos lo que no vemos, en paciencia esperamos58, hasta que el rey descanse en su lecho. Entonces tendrá cumplimiento la Escritura: Hartura de alegrías en tu presencia59. Este gozo apagará nuestros deseos. Se nos mostrará el Padre, y esto basta. Bien lo entendía Felipe cuando dijo al Señor: Muéstranos al Padre y nos basta. Entonces aún no comprendía que podía decir también: Señor, muéstratenos a ti mismo y nos basta. Con el fin de abrir a 1a verdad su entendimiento, respondió el Señor: ¿Tanto tiempo ha que estoy con vosotros y no me habéis conocido? Felipe, el que me ha visto a mí, vio al Padre. Mas como deseaba el Señor que Felipe le viese por fe antes de contemplarle por visión, prosiguió diciendo: ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí?60 "Mientras vivimos en el cuerpo, peregrinamos ausentes dl Señor, pues caminamos por fe y no por visión".
Premio es de la fe la visión, y es la fe la que purifica los corazones y hace alcanzar esta recompensa, conforme está escrito: Purificando en la fe sus corazones62. Otra prueba la tenemos en aquella sentencia:Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios63. Ypues ésta es la vida eterna, dice Dios en el Salmo: Le saciaré de días y le daré a ver mi salvación64. Ya se diga: Muéstranos al Hijo; ora: Muéstranos al Padre, es la misma afirmación, pues no es dable ver a uno sin el otro. Ambos son uno, según Él asevera: Yo y el Padre somos uno65. A causa de esta inseparable unidad, basta, a veces, nombrar al Padre solo, o al Hijo solo, para significar que su rostro nos abastecerá de alegrías.

 

18. Ni podrá ser excluido de esta unidad el Espíritu de ambos, es decir, el Espíritu del Padre y del Hijo. Este Espíritu Santo se dice Espíritu de verdad, que el mundo no puede recibir66. Nuestro gozo será plenitud al adeliciarnos en el Dios Trinidad, a cuya imagen hemos sido creados. Por eso se habla, alguna vez, del Espíritu Santo como si bastase para nuestra bienandanza, y basta porque es inseparable del Padre y del Hijo; como también es suficiente el Padre, pues no puede existir separado del Hijo y del Espíritu Santo; como asimismo es suficiente el Hijo, por estar inseparablemente unido al Padre y al Espíritu Santo.
¿Qué sentido dar a estas palabras: Si me amáis, guardad mis mandamientos; y yo rogaré al Padre y os dará otro abogado, que permanecerá para siempre con vosotros, Espíritu de verdad, que el mundo (es decir, los amadores del mundo) no puede recibir?67 El hombre animal no percibe las cosas del Espíritu de Dios68.
La frase: Y yo rogare al Padre y os enviará otro abogado, pudiera a primera vista parecer como si el Hijo solo no bastase. En otro pasaje se habla como si el Espíritu Santo fuera suficiente. Cuando venga el Espíritu de verdad, os enseñará toda verdad69. ¿Por ventura se excluye aquí el Hijo y se distancia del Espíritu Santo, como si Él no pudiera enseñarnos toda verdad, o el Espíritu Santo hubiera de suplir las deficiencias de su enseñanza? Si esta interpretación place a mis adversarios, digan que el Espíritu Santo, a quien ellos consideran inferior, es superior al Hijo. ¿O es que al no decir: Él solo; o: Nadie sino Él os enseñará toda verdad, se nos permite creer que con Él enseña también el Hijo? ¿Excluye el Apóstol al Hijo cuando se trata de la ciencia de Dios, al decir: Nadie conoce las cosas de Dios sino el Espíritu de Dios?70 Aquí pudieran estos hombres perversos afirmar que el Espíritu Santo revela al Hijo los secretos de Dios, como el superior al inferior, pues el mismo Hijo le atribuye tan gran poder cuando dice: Porque os he dicho estas cosas, se llenó de tristeza vuestro corazón. Pero os digo la verdad: os conviene que yo me vaya, porque, si no me fuere, el abogado no vendrá a vosotros.

 

CAPÍTULO IX
A veces en una persona divina están todas incluidas

Pero esto no lo dijo porque exista desigualdad entre el Verbo de Dios y el Espíritu Santo, sino para que la presencia del Hijo del hombre no fuera para ellos impedimento cuando viniera el que no era inferior, pues no se anonadó como el Hijo72, tomando forma de esclavo. Era conveniente desapareciera a sus ojos la forma de esclavo, pues a su vista creían que Cristo era sólo lo que veían. De ahí las palabras de Cristo: Si me amaseis, os alegraríais, porque voy al Padre, pues el Padre es mayor que yo73. Que fue decirles: Es menester que yo vaya al Padre, porque, viéndome así y juzgando por las apariencias, pensáis que soy inferior al Padre, y, embebidos en la contemplación de la naturaleza y condición humanas, no entendéis la igualdad que poseo con el Padre. Este es también el sentido de aquel dicho: No me toques, pues aún no he subido a mi Padre.

El tacto define el conocimiento. Y por eso no quería poner en sí el fin de un corazón apasionado, para que no se creyese que era tan sólo lo que se veía. Subir al Padre era ser visto como es, igual al Padre, y allí tendrá fin la visión que nos basta. Alguna vez se dice también del Hijo sólo que nos basta, y su visión se nos promete como plena recompensa de nuestros amores y deseos. El que recibe, dice, mis mandamientos y los cumple, ése es el que me ama. El que me ama a mí, será amado de mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él75.
¿Excluye aquí por ventura al Padre, pues no dice: Le manifestaré al Padre? Siempre será verdadera la sentencia: Yo y el Padre somos uno. En consecuencia, cuando el Padre se manifiesta, el Hijo, que vive en Él, también se revela; y cuando el Hijo se nos muestra, el Padre, que está en Él, también se nos aparece. Al decir: Y me manifestaré a él, se entiende que nos manifiesta al Padre; y cuando dice: Al consignar el reino a Dios Padre, se entiende que no se priva de él. Por consiguiente, cuando conduce a los creyentes a la contemplación de Dios Padre, les conduce también a la visión de sí mismo, pues dice: Y me manifestaré a él. Al preguntarle Judas: Señor, ¿qué ha sucedido para que te hayas de manifestar a nosotros y no al mundo?, Jesús respondió consecuentemente y le dijo: Si alguien me ama, guardará mi palabra, y el Padre lo amará, y vendremos a él y en él haremos nuestra morada76. He aquí cómo no se manifiesta solo al amante, pues viene a él junto con el Padre y en él fija su mansión.

19. ¿Podrá acaso creerse que el Espíritu Santo queda excluido del alma del amante, donde el Padre y el Hijo tienen su morada? ¿Cómo entonces dice Cristo más arriba, hablando del Espíritu Santo, que el mundo no lo puede recibir, porque no lo ve; vosotros le conocéis, porque en vosotros permanece y en vosotros está? No queda, pues, excluido de esta morada aquel de quien se dijo: Con vosotros permanece y en vosotros está. A no ser que haya alguien tan disparatado que, cuando el Padre y el Hijo vienen a morar en el amante, crea que el Espíritu Santo se retira discretamente, como para ceder el puesto a los que le son superiores.
Pero a este pensamiento carnal se opone la Escritura al decir líneas antes: Y yo rogaré al Padre, y os enviará otro abogado que para siempre esté con vosotros77. Luego no se retira el Espíritu Santo cuando vienen el Padre y el Hijo, y habitará con ellos en la misma mansión eternamente; porque ni Él viene sin ellos ni ellos sin Él. Para insinuar la trinidad de personas, ciertas cosas se dicen de alguna de ellas, pero nunca exclusivamente, a causa de la unidad de esta Trinidad, pues una es la esencia y deidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

 

CAPÍTULO X
El Hijo entregará el reino al Padre. Consignado el reino,
Cristo ya no interpelará por nosotros

 

20. Nuestro Señor Jesucristo consignará el reino en manos de Dios Padre cuando conduzca a los creyentes a la contemplación de Dios, fin de todas las buenas acciones, descanso eterno, gozo perenne, sin que se excluya a sí mismo ni al Espíritu Santo. Esto es lo que da a entender cuando dice: De nuevo os veré, y se alegrará vuestro corazón, y nadie será capaz de quitaros vuestra alegría78.
María, sentada a los pies del Señor y atenta a su palabra, es una bella imagen de este gozo. Libre de toda ocupación, absorta en éxtasis contemplativo de la Verdad, en la medida posible en esta vida, es imagen de nuestro estado futuro en la eternidad. Marta, su hermana, se afanaba en útiles menesteres, buenos, sí, y necesarios, pero transitorios, a los que ha de suceder un dulce descanso, mientras María reposa en la palabra del Señor. Y cuando Marta se lamenta porque su hermana no le ayuda, el Señor responde: María eligió la mejor parte y no le será arrebatada79.
No afirma que la parte de Marta sea mala, mas llama óptima a la de María, parte que no le será arrebatada. La de Marta, al servicio de la indigencia, termina con la necesidad. El premio del bien obrar transitorio es la quietud estable. En aquella contemplación, Dios será todo en todos, porque nada se podrá anhelar fuera de Él, y su visión es suficiente para adeliciarnos en su gozo.
Es lo que podía aquel en quien el Espíritu oraba con gemidos inenarrables80. Una cosa, dice, pedí al Señor, y ésa procuro: habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida para gozar del encanto de Yahvé.

Nos será dado contemplar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo cuando el hombre Cristo Jesús, mediador entre Dios y los hombres, haya entregado el reino a Dios Padre, y entonces ya no abogará por nosotros nuestro mediador y sacerdote, Hijo de Dios e hijo del hombre, sino que, como sacerdote, vestido de nuestra forma servil por nuestra redención, está sujeto a aquel que le sometió todas las cosas; así, en cuanto Dios nos tiene sujetos, y en cuanto sacerdote está, como nosotros, sometido82. Por lo cual, siendo el Rijo Dios Hombre, su naturaleza humana difiere en grado sumo de la naturaleza que el Hijo recibe del Padre; como la carne, al compararla con mi alma, difiere más de mi espíritu, aunque coexistan en un hombre, que mi alma del alma de otro hombre.

 

21. Cuando Cristo haya consignado el reino al Padre, es decir, cuando haya conducido a los creyentes, que viven ahora de fe, por los cuales intercede como mediador, a la contemplación, por la cual gemimos y suspiramos; pues pasado el trabajo y terminada la fatiga, ya no intercederá por nosotros. Tal es el sentido de las palabras que siguen: Esto os lo he dicho en parábolas; llegará la hora en que ya no os hablaré más en enigmas, antes claramente os hablaré del Padre. Que fue decir: Cesarán las semejanzas cuando la visión sea cara a cara. Cuando dice: Claramente os hablaré del Padre, es como si dijera: Os manifestaré claramente al Padre. Y dice hablaré, porque es su Verbo. Sigue el texto: Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el mismo Padre os ama, porque vosotros me amáis y creéis que yo he salido de Dios. Salí del Padre y vine al mundo, de nuevo dejo el mundo y voy al Padre83.
¿Qué significa salí del Padre, sino que me manifesté inferior en mi forma de criatura asunta, no en la forma en la que soy igual al Padre? Y ¿qué quiere decir vine al mundo, sino que mostré a los ojos de los pecadores, que aman este mundo, la forma de esclavo que tomé anonadándome? Y ¿qué significa de nuevo dejo el mundo, sino que substraigo a la vista de los amadores del mundo lo que vieron? ¿Y qué quiere decir voy al Padre, sino que enseño a mis fieles la doctrina de mi igualdad con el Padre? Los que esto creen, dignos son de pasar de las sombras de la fe a las claridades de la visión, cuando el Rijo consigne el reino del Padre.

Los fieles redimidos con su sangre son este reino de Cristo, por los cuales ahora intercede; pero al arribar a la etapa final, donde es igual al Padre, les hará adherirse a Él y no intercederá por ellos. El mismo Padre, dice, os ama. Intercede ahora como inferior, entonces escuchará con el Padre en cuanto igual.
Y no se separa del Padre cuando dice: El Padre os ama, antes insinúa y nos da a entender, como noté más arriba, que, al mencionar una persona de la Trinidad, es menester sobrentender siempre las otras dos. Así, estas palabras: El Padre os ama, deben igualmente entenderse del Hijo y del Espíritu Santo; y no porque ahora no nos ame, pues no ha perdonado a su propio Hijo y lo ha sacrificado por nosotros84, sino porque no nos ama como somos, sino como seremos. A los que así ama en el tiempo, conserva en la eternidad, cuando el que por nosotros ahora intercede haya consignado el reino a Dios Padre. Entonces ya no rogará al Padre, porque el mismo Padre nos ama. Y ¿cómo merecer este amor, si no es mediante la fe en las promesas antes que llegue la visión? La fe nos conducirá a la visión, porque nos amará talas como quiere que seamos, no cuales nos odia por lo que somos, pues nos exhorta y ayuda para que no queramos ser siempre malos.

 

CAPÍTULO XI
LAS DOS NATURALEZAS EN CRISTO

 

22. Regla para entender rectamente las Escrituras, cuando del Hijo hablan, es distinguir entre lo que se dice según la forma de Dios, en la que es igual al Padre, y la forma de siervo que asumió en el tiempo, en la que es al Padre inferior. Comprendida esta regla, ya no nos inquietaran las aparentes contradicciones que encontramos en las sentencias de los Libros inspirados.
En su naturaleza divina, el Hijo y el Espíritu Santo son iguales al Padre, porque ninguno de ellos es criatura, según hemos probado; en su forma de esclavo, el Hijo es al Padre inferior, pues Él mismo dice: El Padre es mayor que yo85; y es también inferior a sí mismo, porque de Él está escrito: Se anonadó a sí mismo86; y es, finalmente, inferior al Espíritu Santo, pues dice: Quien hablare contra el Hijo del hombre, será perdonado; pero quien hablare contra el Espíritu Santo, no será perdonado87, ni en este siglo ni en el futuro. Y obra prodigios en nombre del Espíritu Santo, pues dice: Si yo arrojo los demonios en el Espíritu de Dios, sin duda el reino de Dios ha llegado a vosotros88. Mas, sin titubeos ni escrúpulos, se apropia aquel pasaje de Isaías, que Él lee en la Sinagoga: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió y envió a evangelizar a los pobres y predicar la redención a los cautivos89. Para dar cumplimiento a este vaticinio ha sido Él enviado, porque sobre Él descansa el Espíritu del Señor.

Según su forma divina, todas las cosas han sido hechas por Él. En su forma de esclavo nació de una mujer, bajo el imperio de la Ley91. En su forma divina, Él y el Padre son uno92; en su forma de hombre no vino a hacer su voluntad, sino la voluntad del que le envió93. Como Dios, así como el Padre tiene vida en sí mismo, así dio al Hijo tener vida en sí mismo94; como hombre, su alma está triste hasta la muerte, y exclama: Padre, si es posible, pase de mí este cáliz95. En su forma divina es Dios verdadero y vida eterna96; en su forma de esclavo se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz97.

 

CAPÍTULO XII
La ignorancia de Cristo. Cómo pertenece y no pertenece a Cristo dar el reino. Cristo juzgará y no juzgará. Nadie sabe el día ni la hora, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre

 

23. En cuanto Dios, todo lo que tiene el Padre, suyo es98 y puede decir al Padre: Todas tus cosas son mías, y lo mío tuyo99; en cuanto hombre, confiesa que su doctrina no es suya, sino de aquel que le envió100, y además dice: Cuanto a ese día y hora (del juicio), nadie la conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre101. Ignora lo que noquiere dar a conocer, es decir, no lo sabía para comunicarlo entonces a sus discípulos. Así se dice a Abrahán: Ahora sé que temes a Dios102; que fue decir: Ahora te lo di a conocer, pues, probado en la tentación, quedó el temor patente. Cristo se proponía revelar a sus discípulos este secreto en tiempo oportuno, como lo insinúan aquellas palabras donde habla del futuro como de tiempo pretérito, y dice: Ya no os llamaré siervos, sino amigos. Porque el siervo ignora la voluntad de su señor; pero yo os digo amigos, porque todo lo que oí a mi Padre os lo he dado a conocer103. Aún no lo había hecho, pero como lo había, con toda certeza, de ejecutar, habla como de cosa cumplida. Muchas cosas, les dice, tengo aún que deciros, pero no las podéis llevar ahora104. Entre ellas se entiende el día y la hora.
Dice el Apóstol: Nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Así hablaba a los que eran incapaces de entender los misterios más sublimes de la deidad de Cristo. Por eso continúa poco después: No pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales106. Ignoraba entre ellos lo que por él no podían entonces comprender, mientras afirma saber lo que por su medio convenía aprendiesen. Conocía entre los perfectos lo que entre los párvulos ignoraba, porque como él mismo dice: Hablamos entre los perfectos sabiduría107.
Se dice que uno ignora una cosa cuando debe tenerla secreta, como se llama trampa ciega a la que está escondida. Se acomoda la Escritura a nuestro común decir al hablar a los mortales.

 

24. Según su forma de Dios se dice: Fui concebido antes que todos los collados108, es decir, antes que las criaturas más sublimes. Y en el Salmo: Antes de la aurora te engendré109, esto es, antes que todos los tiempos y todas las cosas temporales. Según su forma de siervo se dice: Yahvé me creó en el principio de sus caminos110. Según su forma de Dios se dice: Yo soy la Verdad; y segúnsu forma de siervo: Yo soy el camino111. Siendo el primogénito entre los muertos112, trazó la senda de su Iglesia rumbo al reino de Dios y de la vida eterna; y así Cristo, cabeza del cuerpo místico, como guía de inmortalidad, fue creado en el principio de los caminos y de las obras de Dios.
En su forma divina es principio que nos habla113; en este principio creó Dios el cielo y la tierra114; en su forma de siervo es el esposo que sale de su tálamo115. En su forma de Dios es el primogénito de toda criatura. Él es antes que todo, y todo en Él subsiste; en su forma de siervo es cabeza del cuerpo de la Iglesia116. En su forma divina es el Señor de la gloria117. Luego es manifiesto que Él glorificará a sus elegidos. A los que predestinó, a ésos llamó; a los que llamó, a ésos los justificó; a los que justificó, a ésos glorificó118. De Él está escrito que justifica al impío119, pues Él es el justo que justifica120. Si a los que justifica a ésos glorifica, Él es el que justifica y glorifica, pues es, según dije, el Señor de la gloria. No obstante, en su forma de siervo dice a sus discípulos, solícitos de la recompensa: Sentarse a mi derecha o a mi izquierda no corresponde a mí el otorgarlo, sino a aquellos para quienes mi Padre lo ha dispuesto121.

 

25. Lo que el Padre apareja lo dispone también el Hijo, porque el Padre y Él son uno122. Probé ya con abundancia de testimonios tomados de las divinas Escrituras que en esta Trinidad, a causa de la inseparabilidad de operaciones de esta única esencia, se dice en singular de una persona lo que es propiedad de todas. Por ejemplo, dice del Espíritu Santo: Cuando yo me vaya, os lo enviaré123. No dijo: Os lo enviaremos; sino como si el Hijo solo, y no el Padre, lo hubiera de enviar, siendo así que en otro lugar dice: Os he dicho estas cosas mientras permanezco entre vosotros; pero el Abogado, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo124. Parece aquí como si lo enviara el Padre solo, sin la intervención del Hijo. Pero tanto en este pasaje como en aquel otro donde se lee: para aquellos que mi Padre lo ha dispuesto, se ha de entender que, juntamente con el Padre, aparejará un trono resplandeciente de gloria para aquellos que Él decretare.
Podría alguien objetar: En el pasaje donde promete el Hijo enviar al Espíritu Santo, no excluye al Padre, ni en el otro testimonio aducido se excluye a sí mismo; pero aquí expresamente dice: No toca a mí el otorgarlo; y añade: Estas cosas sólo el Padre las concede. Y prosigue como si estas cosas sólo l Padre las preparara. Mas la puerta a esta dificultad quedó cerrada de antemano al probar cómo ha de entenderse de Cristo según su forma de siervo. Y las palabras: No toca a mí el otorgarlo, significan que no pertenece al humano poder el concederlo; entendiendo por dar, el poder de su forma divina, en la que es igual al Padre. No toca a mí, dice, el otorgarlo; esto es, no os concedo estas cosas en cuanto hombre, sino a quienes fue dispuesto por el Padre. Pero tú has de entender que si todo cuanto el Padre tiene es mío125, mío es también este poder y juntamente con el Padre he dispuesto estas cosas.

 

26. Si alguien no oye mis palabras, no le juzgaré. Pregunto cuál es el sentido de esta sentencia. Quizá haya dicho no lo juzgaré en el mismo sentido que dijo no toca a mí el otorgarlo. Mas ¿qué sigue? No vine a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo. Luego añade y dice: El que me rechaza y mis palabras no recibe, tiene ya quien le juzgue. Aquí todos entenderíamos que alude al Padre, si no dijese a continuación: La palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero. Luego, ¿no juzgará el Hijo, pues dice: Yo no le juzgaré, ni le juzgará el Padre, sino la palabra que ha proferido el Hijo? Escucha aún lo que sigue: Porque yo no he hablado de mí mismo. El Padre, que me envió, es quien me dio mandamiento de lo que he de hablar y decir. Y sé que su precepto es vida eterna. Así, pues, lo que yo había, lo hablo según el Padre me lo ha dicho126.
Si, pues, no juzga el Hijo, sino la palabra pronunciada por el Hijo; entonces esta palabra del Hijo juzga, no en cuanto ha hablado de sí mismo, sino en cuanto el Padre, que le envía, es quien le ordena lo que ha de hablar y decir. Luego el Padre, cuya palabra es el Hijo, juzga, porque el Verbo del Padre es el mismo Hijo de Dios. No es posible distinguir entre mandato del Padre y Verbo del Padre. Mandato y verbo, dijo.
Veamos si las palabras Yo no he hablado de mí mismo, quieren significar yo no he nacido de mí mismo. Si habla el verbo del Padre, se habla a sí mismo, porque Él es el Verbo del Padre. Con frecuencia dice: Me lo dio el Padre, queriendo dar a entender que el Padre lo engendró, no dándole el ser como si de él careciera, sino comunicándoselo como si ya lo tuviese: engendrar es como ser. Para el Hijo unigénito de Dios, por quien fueron hechas todas las cosas, antes de encarnarse y asumir la humana naturaleza, no es, como para la criatura, una realidad el ser y otra el tener, sino que Él es lo que tiene. Para quien lo comprenda, lo dice con más claridad aquel texto: Así como el Padre tiene vida en sí mismo, así da también al Hijo tener vida en sí mismo127. No le dio el tener vida como si existiese y careciera de ella, pues por el mero hecho de existir es vida. Dar al Hijo tener vida en sí mismo es dar por generación al Hijo el ser inconmutable, que es vida eterna.
Si, pues, el Verbo de Dios es Hijo de Dios, y el Hijo de Dios es Dios verdadero y vida eterna, como asevera San Juan en su Carta128, ¿qué otra cosa debemos reconocer aquí cuando dice el Señor: La palabra que hablé le juzgará en el día postrero, sino que el mismo verbo es Verbo y mandato del Padre, y el mandato es vida eterna? Y sé, dice, que su mandato es vida eterna.

 

27. Me interesa saber cómo hemos de interpretar la frase: Yo no juzgaré: es la palabra que he hablado la que juzgará. Según el contexto, parece como si dijese: No juzgaré yo, pero juzgará la palabra del Padre. El Verbo del Padre es el mismo Hijo del Padre. ¿Hemos, pues, de entender que juzgará y no juzgará? ¿Cómo puede ser verdad, sino en el sentido que no juzgará según el humano poder, porque es Hijo del hombre, mas juzgará según el poder del Verbo, pues es Hijo de Dios? Y si la contradicción y repugnancia de la sentencia juzgaré y no juzgaré irreconciliable os parece, ¿qué decir die aquella expresión: Mi doctrina no es mía? ¿Cómo puede ser mía y no mía? Y advierte que no dijo: Esta doctrina no es mía, sino: Mi doctrina no es mía. La misma doctrina que llama suya dice que no es suya. ¿Cómo puede ser esta afirmación cierta, a no ser que en un sentido sea suya y en otro no lo sea? En su forma de Dios es suya, en su forma de siervo no lo es. Cuando dice: No es mía, sino del que me envió129, les preciso elevar nuestro pensamiento hasta el Verbo. La doctrina del Padre es el Verbo del Padre, que es su Hijo unigénito.
Y ¿qué significa: El que en mí cree, no cree en mí?130 ¿Cómo es posible creer y no creer en Él? ¿Cómo entender frases tan contradictorias y opuestas como son El que en mí cree, no cree en mí, sino en el que me envió? He aquí la solución. El que en mí cree, no cree en lo que ve, y así su esperanza no reposa en la criatura, sino en el que asumió la criatura, en la que se manifiesta visible a los ojos de los mortales; y así, contemplando por fe al que es igual al Padre, podemos purificar nuestros corazones.
Por eso, elevando hasta el Padre el pensamiento de los creyentes, dice: No cree en mí, sino en el que me envió, sin que pretenda separarse del Padre, que lo ha enviado, sino que es su deseo se crea en Él como se cree en el Padre, al que es en todo igual. Esto se afirma formalmente donde dice: Creed en Dios y creed también en mí131. Es decir, creed en mí como creéis en Dios, porque yo y el Padre somos un solo Dios. Cuando Cristo dice: No creáis en mí, sino en el que me envió, aparta de sí la atención para fijarla en el Padre, sin separarse de Él. Por consiguiente, cuando dice: No toca a mí el otorgarlo, sino a quienes está preparado por mi Padre, creo esté claro en qué sentido se ha de interpretar. Aplicad esta misma distinción a la sentencia: Yo no juzgaré, porque Cristo ha de juzgar a vivos y muertos132. Pero como ha de juzgar no según su poder humano, recurre a la deidad y eleva a las alturas los corazones de los mortales, fin de su venida a la tierra.

 

CAPÍTULO XIII
Del mismo Cristo se predican cosas opuestas a causa de las diversas naturalezas de su persona. Por qué se dice que el Padre no ha de juzgar, pues dio el juicio al Hijo.

 

28. Si el mismo que es Hijo de DIOS por su forma de Dios, por la que existe, no fuera al mismo tiempo Hijo del hombre por la forma que recibió de siervo, no hubiera Paulo el Apóstol dicho de los príncipes de este mundo: Si le hubieran conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria133. Fuecrucificado en su forma de siervo; no obstante, fue crucificado el Señor de la gloria. Tal fue aquella asunción que hizo hombre a Dios y Dios al hombre.
Qué es lo que tiene sentido absoluto y qué sentido de relación, lo entenderá, con la ayuda del Señor, el prudente, atento y piadoso lector. Ya dijimos que en cuanto Dios glorifica a los suyos, y según esto, Él es ciertamente el Señor de la gloria; con todo, este Señor de la gloria fue crucificado; pues con razón se dice que Dios fue crucificado, no en el poder de su divinidad, sino en la flaqueza de su carne134. Como asimismo dijimos que juzga en cuanto Dios, esto es, según su poder divino; no obstante, el hombre ha de juzgar también, así como también fue crucificado el Señor de la gloria; pues se dice expresamente: Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con Él, entonces se reunirán en su presencia todas las gentes135; y a este tenor continúa en dicho lugar describiendo las demás cosas quo se verán en el día del juicio hasta la sentencia definitiva. Los judíos que permanecieron en su protervia serán sancionados el día del juicio, como está escrito en otro lugar: Verán al que traspasaron136.
Cuando buenos e impíos contemplen al juez de vivos y muertos, es indudable que los impíos sólo le podrán ver en su forma de hijodel hombre; con todo, le han de ver en su majestad de juez, no en su flaqueza de reo. Con toda certeza no le podrán ver los impíos en la forma en la que es igual al Padre, pues no son puros de corazón y está escrito: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios137.
Y esta visión cara a cara138 será galardón supremo prometido a los justos y ha de tener lugar cuando Cristo consigne el reino al Padre, reino donde, según su designio, se incluye la visión de su forma, porque, sometidas a Dios todas las criaturas, queda incluida aquella en que el Hijo de Dios se hizo Hijo del hombre. Según ésta se dice: El mismo Hijo está sujeto a quien a Él sometió todas las cosas, para que Dios sea todo en todos139.
De otra suerte, si el hijode Dios es juez en la forma según la cual es igual al Padre, se manifestaría a los impíos cuando viniere a juzgar, y entonces ¿qué prometería de extraordinario a sus amadores cuando dice: Y yo le amaré y me manifestaré a él?140 Por consiguiente, juzgará el Hijo del hombre, no en virtud de su poder humano, sino en virtud de su potestad divina, como hijo de Dios; mas el Hijo de Dios no se manifestará en aquel día según su forma divina, en la que es igual al Padre, sino en su forma de siervo, en la que es Hijo del hombre.

 

29. En conclusión, ambas cosas se pueden decir: el Hijo del hombre juzgará, y el Hijo del hombre no juzgará. Juzgará el Hijo del hombre para hacer verdadera la sentencia: Cuando venga el Hijo del hombre, entonces aparecerán, en su presencia todas las naciones; y el Hijo del hombre no juzgará para que tengan cumplimiento estas palabras: Yo no juzgaré141; y en otro lugar: Yo no busco mi gloria; hay quien la busque y juzgue142. Ni el Padre juzgará, porque en el juicio no se manifestará la forma de Dios, sino la forma del hombre. Y en este sentido se dijo: El Padre no juzga a nadie; todo juicio lo remite al Hijo. Lo que puede entenderse, o en la acepción de las palabras ya citadas: Así dio también al Hijo tener vida en sí mismo143, o según aquella expresión apostólica: Por lo cual Dios le exaltó y le dio un nombre que es sobre todo nombre144. Esto se refiere únicamente al Hijo del hombre, resucitado por el Hijo de Diosde entre los muertos.
Aquel que en su forma de Dioses igual al Padre, al anonadarse, tomó forma de esclavo, obró y padeció, y recibió lo que a continuación anota el Apóstol cuando escribe: Se humilló haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz; por lo cual Dios le exaltó y le dio un nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús doble la rodilla todo cuanto existe en el cielo, en la tierra y en los infiernos, y toda lengua confiese que el Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre145. Está bastante claro en qué sentido se dijo:Todo juicio lo puso en manos del hijo; porque de tener el sentido de aquella sentencia: Dio al Hijo tener vida en sí mismo, no hubiera dicho: El Padre no juzga a nadie. El padre, en cuanto engendra un Hijo que le es en todo igual, juzgará con Él. Por eso, en el día del juicio no se manifestará la forma divina, sino la forma del Hijo del hombre.
No es que no haya de juzgar el que confié al Hijo todo juicio, pues de Él dice el Hijo: Hay quien busque y juzgue; sino que se dice: El Padre no juzgará a nadie, pues dio al Hijo toda potestad judiciaria, para significar que en el juicio de vivos y muertos nadie verá al Padre, aunque todos verán al Hijo, porque es Hijo del hombre; y de esta guisa podrá ser visto de los impíos y contemplarán al que crucificaron146.

 

30. Y para que este nuestro razonar no parezca más bien una conjetura que no una demostración, citemos las palabras terminantes y manifiestas del mismo Señor, para que se claree la causa de aquella su afirmación: El Padre no juzga a nadie, sino que todo juicio lo dio al Hijo; porque aparecerá entonces el juez en figura de Hijo del hombre; figura que no pertenece al Padre, sino al Hijo, y no al Hijo en cuanto es igual al Padre, sino en cuanto es inferior al Padre, para que el día del juicio puedan buenos y malos contemplarle. Poco después añade: En verdad os digo que el que escucha mi palabra y cree a aquel que me envió, tiene la vida eterna y no es juzgado, porque pasara de la muerte a la vida147. Esta vida eterna es la visión que no pertenece a los réprobos.
Sigue después: En verdad, en verdad os digo que llega la hora, y ésta es, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la escucharen vivirán. Y esto se refiere especialmente a los predestinados que comprendieron el misterio de su encarnación y creen que es Hijo de Dios; es decir, creen que se hizo por nosotros inferior al Padre tomando forma de esclavo, y creen también que en cuanto Dios es igual al Padre. Continúa nuestro texto recomendando esto mismo, y dice: Así como el Padre tiene vida en sí mismo, así también el Hijo tiene vida en sí. Después anuncia la visión de su majestad fulgurante, en la que ha de aparecer como juez, y esta visión será a justos y réprobos común. Porque el Padre ha dado al Hijo la potestad judiciaria, pues es Hijo de Dios148.
Creo nada exista más evidente. Por ser elHijo de Dios igual al Padre, no recibe la potestad de juzgar, sino que a una con el Padre la posee en secreto; mas la recibe porque es Hijo del hombre, para que justos y precitos lo contemplen como juez. La visión del Hijo del hombre no se niega a los impíos, vero la visión del esplendor de Dios está reservada a los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios149. Es decir, sólo a los piadosos promete esta visión, en la que Él se les manifestará.
Pon atención a lo que sigue: No os admiréis de esto. ¿De qué nos prohíbe admirarnos, sino de lo que se admira todo el mundo que no entiende; esto es, de aquellas palabras en las que dice que el Padre le ha dado poder para juzgar y hacer justicia porque es Hijo del hombre, cuando se esperaba dijese porque es Hijo de Dios? Mas la razón es que el Hijo de Dios no puede ser visto por los impíos en la forma en que es igual al Padre; y, por otra parte, conviene que buenos y malos vean al juez de vivos y muertos cuando sean en su presencia juzgados. No queráis, dice, admiraros, porque llega la hora en la que todos los que están en los sepulcros oirán su voz y saldrán: los que obraron el bien, para la resurrección de la vida; los que hicieron el mal, para la resurrección del juicio150.
Y para esto era menester que recibiese el poder como Hijo del hombre, a fin de que todos los que han un día de resucitar lo contemplen en una forma a todos visible, pero unos para su condenación y otros para la vida sin fin. ¿Qué es la vida eterna, sino aquella visión a los impíos vedada? Para que te conozcan, dice, a ti, único Dios verdadero, y al que enviaste, Jesucristo151. Y ¿cómo conocerán a Jesucristo, sino como verdadero y único Dios, el cual se manifestará a los elegidos, no como se dejará ver de los precitos, en su figura de Hijo del hombre?

 

31. Y Dios es bueno según la visión en que se aparecerá a los limpios de corazón. Está escrito: ¡Oh cuán bueno es el Dios de Israel para los rectos de corazón!152 Pero cuando los réprobos vean al juez, no les parecerá bueno, porque no aparecerán en su presencia con alegre corazón: entonces se lamentarán todas las tribus de la tierra153; y en su número se comprende a todos los obradores del mal y a todos los infieles. Por eso, al que, en busca de un consejo, en afanes de vida eterna, le llama Maestro bueno, le responde Jesús: ¿Por qué me preguntas sobre lo bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios154. Y, en cambio, este mismo Señor llama bueno al hombre. El hombre bueno, dice, del buen tesoro del corazón saca cosas buenas; pero el hombre malo, del viciado tesoro de su corazón saca cosas malas155.
Pero como nuestro joven buscaba la vida eterna, y la vida eterna consiste en aquella contemplación por la que vemos a Dios, y no para pena, sino como galardón de eterno gozo, y no sabía con quién hablaba, pues lo creía Hijo del hombre, por eso le dice: ¿Por qué me preguntas sobre lo bueno? Esto es, ¿por qué me preguntas qué cosa es el bien y me llamas Maestro bueno en esta forma en que me ves? Esta es la forma del Hijo del hombre, forma que recibí en el tiempo, forma que se ha de manifestar en l día del juicio ante buenos e impíos, y la visión de esta forma no será un bien para los obradores die la iniquidad.
Además de esta visión, existe la visión de mi forma, según la cual no creí usurpación ser igual al Padre y me anonadépara tomar forma de esclavo156. El Dios que se manifestará para gozo de los elegidos es el Dios único, Padre, Hijoy Espíritu Santo. Por estas delicias futuras suspiraba aquel que decía: Una cosa pedí al Señor, y eso procuro: habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida, para gozar del encanto de Yahvé157. Dios soloes bueno, porque para nadie es dolor ni llanto, sino salud y alegría verdaderas. Si según esta forma me crees bueno, soy el bien; pero si me juzgas bueno según la forma de siervo, ¿por qué me preguntas sobre el bien? Si eres del número de aquellos de quienes está escrito: Vieron al que traspasaron158, esta visión será para ti un mal, pues será visión penal.
Las consideraciones aducidas hacen probable el sentido de la respuesta del Señor: ¿Por qué me preguntas sobre el bien? Nadie es bueno sino sólo Dios159. Porque de esta visión del Bien inconmutable, reservada a los santos y velada a los ojos de los mortales, dice el apóstol San Pablo que es cara a cara160; y San Juan escribe: Seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es161; y el salmista: Una cosa pido al Señor: contemplar las delicias de Yahvé; y elmismo Señor: Y yo le amaré y me manifestará a él162. Para alcanzar esta visión hemos de purificar nuestros corazones por la fe, y seremos así dichosos, porque veremos a Dios como lo ven los limpios de corazón163. De esta visión hablan en mil pasajes las Escrituras para quien las lee con ojos de amor, como de un bien sumo, y para conseguirlo se nos preceptúa obrar rectamente.
Por el contrario, la visión del Hijo del hombre, preanunciada para cuando en su presencia se congreguen todas las gentes y le pregunten: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y sediento?, etc., ni será para los precitos un bien, pues serán arrojados al fuego eterno, ni será para los predestinados el bien sumo. Aun les ha de llamar a la posesión del reino que les tiene preparado desde la aurora del mundo. A los réprobos les dirá: Id al fuego eterno; a los buenos: Venid, benditos de mi Padre; poseed el reino preparado164. E irán aquéllos a la combustión eterna, y éstos a la vida eterna. Y ¿qué es la vida eterna, sino conocer al único Dios verdadero y a su enviado, Jesucristo? Pero entonces será en aquella claridad que, como dice al Padre, tuve ante ti antes que el mundo existiese165.
Entonces será llegada la hora de consignar el reino a Dios Padre166, para que el siervo bueno entre en el gozo de su Señor167, pues le dará a saborear la alegría de su rostro, y Dios será su protección contra las maquinaciones de los hombres, que entonces temblarán de espanto al oír aquella sentencia; pero el justo no temerá168 aquel sonido terrible ni la contradicción de las lenguas169, es decir, las calumnias de los herejes, si ahora se refugia en el tabernáculo, esto es, dentro de la recta fe de la iglesia católica.
Si se da otra interpretación a estas palabras del Señor: ¿Por qué me preguntas sobre el bien? Nadie es bueno sino sólo Dios170, mientras la substancia del Padre no resulte superior en bondad a la substancia del Hijo, no se opone a la sana doctrina. Seguros utilicemos no un sentido, sino cuantos pudiéramos encontrar. Con tanta más fuerza son los herejes convencidos cuanto más numerosas son las respuestas con que evitamos sus lazos.
Pero las cosas quenos restan por considerar piden ya otro exordio.








Fuente: Libro I